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Publicado por Desconocido
a las 15:00
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El derrotismo occidental
Por: Marcelo Birmajer
El autor apunta contra el rol de la prensa internacional, y en particular de la Argentina, durante los 34 días que duró la guerra entre Hezbollah e Israel. Polémico en sus definiciones, no deja de denunciar los “olvidos” de Occidente –en particular de su “intelligenntzia”- durante los sucesos más importantes de la reciente historia del joven Estado judío.
Recién estaba menguando el horrible sonido de los misiles cuando ya buena parte de la prensa occidental, incluyendo una porción de la prensa israelí, decretaba que la segunda guerra del Líbano había sido ganada por Hezbollah.
Comencemos por decir que esta guerra no ha sido ganada por ninguno de los dos bandos y clarifiquemos a qué nos referimos con dos bandos. El primer bando está conformado por Irán, Siria, Líbano y Hezbollah, y su objetivo es la destrucción del Estado judío. El segundo bando está constituido por Israel y su objetivo es su supervivencia. La guerra la inició el primer bando y no logró su cometido. No podemos hablar de ganadores ni perdedores, apenas de una batalla en la que Israel, como siempre hasta hoy, salió fortalecido.
Es cierto que en cada guerra Israel paga costos dispares: la guerra de la Independencia le costó el 1 por ciento de su población judía, pero a cambio consiguió la primera expresión de soberanía nacional judía en dos mil años. Entre el 48 y el 56, aunque no existió ninguna guerra con el nombre de tal, el terrorismo árabe y palestino se cobró la vida de mil civiles judíos dentro de las fronteras del Estado de Israel. La represalia a gran escala por parte de Israel llegó con el operativo Kadesh, en el mismo 1956, con muy pocas bajas por parte del Tzahal, pero a un costo político sin precedentes: el rechazo a la maniobra por parte tanto de EEUU como de la URSS, los dos países a cuyas manos levantadas debían los judíos la aprobación en la ONU de su moderno Estado, en 1947.
En el 67 el mundo todo habló de un definitorio triunfo militar, pero desde ya deberíamos relativizarlo: los judíos de Israel no lograron imponerle la paz a sus enemigos jurados y además “compraron” el conflicto aún irresuelto de un millón y medio de palestinos “administrados”.
A lo que quiero llegar con este mínimo recuento es que ninguna de las guerras de Israel se ganó como se puede decir que le ganaron los Aliados a Hitler, o que se retiraron los EEUU de Vietnam o los franceses de Argelia. Nunca los enemigos de Israel aceptaron una derrota incondicional como lo hicieron los nazis, ni Israel pudo retirarse del modo en que lo hicieron los EEUU de Vietnam o Francia de Argelia.
Respecto a la incapacidad para imponer a sus enemigos la aceptación de la paz, el motivo es que, a diferencia de la Segunda Guerra Mundial, Israel no cuenta con aliados incondicionales. En el 73, por ejemplo, cuando luego del traicionero ataque de Egipto y Siria los judíos del Medio Oriente recuperaron el resuello y se lanzaron hasta los bordes de Damasco y El Cairo, fue precisamente la mano del aliado norteamericano, y el amenazante abrazo del por entonces oso nuclear soviético, los que impidieron a Tzahal destruir el Tercer Ejército Egipcio.
El doctor Kissinger, a contrapelo de buena parte de sus teorías acerca de la contención, siempre ha sostenido que fue la recuperación del orgullo lo que permitió a Sadat viajar a la Knesset en el 77 y que la conservación del Tercer Ejército fue clave en esta curiosa caricia al ego egipcio. Sin embargo, ¿qué habría ocurrido si el aliado americano habría permitido a Israel destruir el Tercer Ejército? Simplemente, habría sido un escenario mucho más parecido al del bunker berlinés bajo la bandera de la hoz y el martillo en abril del 45.
Amenaza permanente
En cuanto a retiradas como EEUU o Francia de Vietnam o Algeria- como falsamente se ha querido comparar la situación de Israel con Líbano o los territorios palestinos- es imposible por la sencilla razón de que Israel nunca colonizó Líbano ni los territorios, ni se sitúa a miles de kilómetros de uno o de otro: son sus vecinos y amenazan su existencia.
Líbano fue uno de los seis países que atacó al Estado judío el día de su creación, y lo ha hostigado desde entonces con toda clase de ataques terroristas: de fedayines, de la OLP y más tarde de Hezbollah. ¿Acaso no se retiró Israel en el 2000? ¿A dónde más podría retirarse, cómo? ¿No se retiró Israel de Gaza?
¿Cuál hubiera sido la respuesta norteamericana si luego de aquella patética retirada del 75, con civiles y soldados colgados de las patas del helicóptero, los vietnamitas no hubieran tenido mejor idea que asesinar ocho soldados norteamericanos en la frontera soberana de EEUU, secuestrar otros dos, llevarlos a Vietnam y bombardear con misiles poblaciones norteamericanos?. ¿Cuál hubiera sido la respuesta de De Gaulle si al día siguiente de su dificultosa salida de Argelia- casi le cuesta la vida a manos de un fanático francés-, los independentistas argelinos atacaban Francia del mismo modo? Las respectivas victorias militares, en ambos hipotéticos casos, habrían sido fulminantes y definitivas, sin reparar en civiles ni reglas. El mundo las hubiera convalidado, con enunciaciones oficiales y silencio.
Pero Israel, por un lado, no cuenta con la legitimidad internacional necesaria como para inflingirle a sus enemigos una derrota incondicional y, por otra parte, en una batalla defensiva como la que acaba de librar contra Hezbollah, la propia ética judía le impide al Estado derrotar a sus enemigos al costo en que lo hicieron los Aliados con los nazis o del modo en que los norteamericanos mantuvieron durante años la guerra de Vietnam.
Recordemos que cuando las falanges libanesas masacraron a centenares de palestinos en el año 82, en Líbano, la primera y más numerosa protesta del mundo todo surgió del propio pueblo de Israel: más de cuatrocientos mil personas- el 10 por ciento de la entonces población de judía de Israel- marchando en defensa del pueblo palestino. De modo que en conflictos que involucran civiles- involucrados por Hamas y Hezbollah, en los respectivos casos- una victoria militar decisiva es imposible, en primer lugar, porque los propios judíos de Israel soportan el peso del conflicto con tal de no comportarse igual que sus enemigos. Y, por supuesto, buena parte de los judíos de la diáspora destacamos el comportamiento excepcional de Israel en este aspecto: si en algo hay consenso, desde las explícitas declaraciones del Primer Ministro Olmert hasta la mayoría de los judíos de la diáspora es que consideramos la muerte de los civiles siempre como una derrota, sean del bando que sean. Hay una minoría de periodistas, no obstante, entre ellos judíos, que secundan como justificada la decisión de Hezbollah de utilizar civiles como escudos humanos, y que consideran civiles a los terroristas de Hezbollah y combatientes a los civiles israelíes.
El rol de la prensa
Fue curiosa, en estos días de saturación mediática del conflicto, la dificultad para individualizar a combatientes de Hezbollah. Hemos visto fotos de los soldados de Israel en todas las posiciones imaginables: rezando, sonriendo, comiendo, conversando, disparando, siendo heridos, muriendo… Pero, excepto por Nasrallah y sus payasescos discursos (semejantes a los de los líderes irakíes de la era Saddam), ¿dónde estaban los terroristas de Hezbollah? Personalmente, no creo haber individualizado a uno solo en las decenas, quizás centenas, de horas que pasé frente al televisor observando este horripilante desfile de muerte. ¿Es que los periodistas les tienen miedo? ¿O es que pretenden confundirse con los civiles al punto de que no se los pueda distinguir como combatientes? Lo ignoro: lo cierto es que Israel presentó con toda claridad quienes eran sus soldados y quienes sus civiles. La imagen de los jovencitos dando su vida para que todos los judíos del mundo vivamos en libertad, no se me olvidará jamás. Como tampoco la terrible muerte del hijo del escritor israelí, David Grossman, cuyo dolor no podemos ni siquiera comenzar a imaginar.
La prensa antisionista comenzó su visión del conflicto acusando a Israel de expansionista y genocida para pasar inmediatamente a tildarlo de Estado débil, en retirada y vencido por Hezbollah.
Cuando Israel se defendió, lo acusaron de agresor y vertieron lágrimas de cocodrilo por los civiles a los que Hezbollah obligaba a servir como escudos humanos, en lugar de reclamar el desarme de Hezbollah y la intervención del Estado libanés en protección de sus civiles. Pero en cuanto Israel acató el alto el fuego para que no murieran más civiles, las mismas voces hablaron de una derrota israelí. Cuando se defienden, son genocidas. Cuando aceptan una tregua para proteger a los civiles del otro bando, son los derrotados.
Ya en el 2000, cuando el ejército de Israel abandonó hasta el último milímetro de tierra libanesa, circuló la versión de que el estallido de violencia palestina se debía a que los terroristas de Hamas se sentían envalentonados por los “resultados” obtenidos por Hezbollah. En la televisión argentina hemos visto a un Sheij islámico sostener al mismo tiempo que Israel era un moloch sediento de sangre humana y que había sido “corrido” del Líbano por Hezbollah. Igual a los argumentos nazis: los judíos son los dueños del mundo, y una raza inferior, al mismo tiempo.
No cabe ninguna duda de que el poderío militar israelí podría haber arrasado con el Líbano todo y destruir por completo a Hezbollah. La imposibilidad no es objetiva sino subjetiva: los israelíes no están dispuestos a cargar en su conciencia las pérdidas de vidas civiles que una victoria de esta naturaleza implicaría. Y creo que esta limitación debe ser rescatada como una de las mayores fuerzas del Estado judío, la fuerza ética que lo alzó de entre las cenizas y la arena y, mucho más que sus armas, le ha permitido supervivir a lo largo de tantos ataques y contratiempos.
Los iraníes e iraquíes se mataron por cantidad de un millón a lo largo de diez años; Assad padre mató entre veinte y treinta mil sirios en el 82 y luego los asfaltó, construyendo una carretera sobre sus cadáveres; y en ninguno de estos casos los países en conflicto se jugaban su supervivencia.
Los judíos del Medio Oriente, en cambio, prefieren vivir a la expectativa antes que renunciar a sus principios éticos. Y esa es la causa principal por la cual hoy Hezbollah sigue existiendo.
¿A qué se refieren?
Dentro del propio Israel, por supuesto, no han faltado las discusiones. Pero ¿cuándo han faltado? Ben Gurion sufrió el ataque de los intelectuales judíos a lo largo de toda su vida: lo acusaron de autoritario e incluso de totalitario desde luminarias como Martin Buber hasta profetas del auto-odio como Hanna Arendt. Hoy nos encontramos con periodistas judíos argentinos que nos informan que, para la prensa israelí, “Israel perdió por knock out”. Lo dicen con alegría, con el orgullo de hablar en contra de Israel siendo judíos, se solazan con la muerte de sus hermanos. Pero, volviendo a la racionalidad, ¿a qué prensa israelí se refieren? El Jerusalem Post no opina lo mismo que el Haaretz, y el Yediot Haaronot no coincide con ninguno de los dos primeros. Para colmo, en cada uno de esos periódicos, independientemente de la línea editorial, conviven plumas de ideologías simétricamente opuestas.
No es que en la democracia israelí haya una crisis política y del lado de Hezbollah y el Líbano reine la armonía. Es que Israel, precisamente, es una democracia, y la gente se queja y protesta sin temor. Y del lado libanés existe un totalitarismo sui géneris cuyos regentes son el Hezbollah, Siria e Irán, y al que habla lo matan. No es una metáfora ni un subterfugio: si algún dirigente libanés se atreve a sugerir, por ejemplo, firmar la paz con Israel, lo matan. Literalmente.
¿Alguien se imagina, por ejemplo, algún funcionario sirio sugiriendo, por fuera del conocimiento de Assad Jr, firmar la paz con Israel como lo ha sugerido en reversa, en estos días de agosto, el Ministro de Seguridad Interior de Israel, Avi Ditcher?.
Lo que la prensa, que resalta la propuesta de Ditcher como opuesta al “belicismo” de Olmert (al que la mitad de los israelíes acusan de “demasiado flojo con Hezbollah” y la otra mitad de “demasiado duro” o improvisado) olvida señalar es que la misma propuesta la hizo Itzak Rabin, como Primer Ministro; Simón Peres, como Primer Ministro; Benjamín Netanyahu, como Primer Ministro y Ehud Barak, como Primer Ministro. Los cuatro ofrecieron a Assad la retirada del Golán a cambio de una paz completa entre los dos países. Assad padre respondió por la negativa en los cuatros casos.
Lo de Ditcher, entonces, no es ninguna novedad: la novedad sería que Assad hijo aceptara la propuesta. Que viajara a la Knesset, como Sadat. Que dijera: les damos la bienvenida al Medio Oriente, como dijo Sadat.
Conclusión
A diferencia del triunfo contra la bestia parda nazi, la intelectualidad occidental está hoy más preocupada en defenestrar a sus líderes democráticos que en defenderse contra la bestia negra: el fundamentalismo islámico.
Los israelíes se han quejado de todas y cada una de sus guerras: desde la de Independencia hasta la presente Segunda Guerra del Líbano. Se han quejado cuando el mundo ha dicho que han ganado, y se han quejado cuando el mundo ha dicho que han perdido. Ben Gurión amonestó severamente a Rabin en la víspera de la guerra del 67: lo sacudió de un modo brutal acusándolo de poner en riesgo la existencia del Estado judío. Todavía siguen saliendo libros israelíes contra el establishment que sacó victorioso a Israel de la horrible guerra del 73. Todas las guerras son horribles para los judíos. No nos gusta la muerte. No les gusta matar, ni que los maten. Vivimos cada guerra como un fracaso, sea cual sea su resultado, porque nuestras verdaderas ansias son por un mundo sin guerras.
Pero las discusiones más altisonantes que sustanciales de los israelíes no significa que hayan perdido, piensen lo que piensen incluso ellos mismos. Los enemigos a los que hoy se enfrentan son geográficamente vecinos e irracionalmente judeófobos: su principal función en el mundo es matar judíos; y eso hace muy difícil pensar hoy una solución. Pero mucho peor estábamos antes de que se creara Israel, y sin embargo lo lograron.
*Periodista y escritor.
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