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Publicado por fpaya
a las 15:06
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Estados Unidos y la encrucijada iraquí
Por: Claudio Uriarte
Lo único cierto parece ser la incertidumbre tras la debacle electoral republicana del año pasado, de la expulsión de Donald Rumsfeld y de la busca de una nueva política hacia Irak que nadie sabe cuál podrá ser. Pero de la derrota puede surgir una nueva ofensiva inesperada.
En la década del ''70, en plena furia de la guerra de Vietnam, se necesitó un ritmo de muertes mensuales de 3.000 soldados estadounidenses reclutados por servicio militar obligatorio, a lo largo de un conflicto que se prolongó por 15 años, y que totalizó más de 50.000 bajas norteamericanas en combate, para que las calles se EE.UU. se prendieran fuego, los políticos tiraran la toalla, y la postrera, indecorosa imagen del último helicóptero norteamericano despegando de la terraza de la embajada de Estados Unidos en Saigón, con civiles y militares colgándose de él, diera la vuelta al mundo, y simbolizara la derrota más humillante que el ejército norteamericano hubiera sufrido, y sufriría, en mucho tiempo. En los nuestros, alegres y postheroicos '00, bastaron menos de cuatro años, menos de 3000 muertos de un ejército profesional, voluntario, y una aplastante derrota republicana que entregó el poder a los demócratas en el Senado y la Cámara de Representantes para que el presidente George W. Bush exigiera (de manera igualmente indecorosa) la renuncia inmediata del secretario de Defensa Donald Rumsfeld (el funcionario públicamente más asociado con la invasión a Irak), escuchara los consejos de retirada escalonada de tropas, negociaciones con Irán y Siria y semipartición del país entre la mayoría chiíta y las minorías sunnita y kurda emitidos por parte de un panel que parecía importado por el túnel del tiempo de la administración de su padre, George W. H. Bush (como los ex secretarios de Estado James Baker y Lawrence Eagleburger, entre otros) y designara como nuevo jefe del Pentágono (y lograra su aprobación por el Congreso con velocidad de relámpago) del inobjetable Robert Gates, un ex subdirector de la CIA bajo Ronald Reagan y Bush Sr., director bajo Bill Clinton y personalidad a años luz del estilo tan deslumbrante como provocador, irritativo y arrogante de Rumsfeld. De hiperpotencia única, Estados Unidos pasó de la noche a la mañana a parecerse a una especie de supermercado político electoralero.
Frases repetidas
Porque hubo más, mucho más. Después de las recomendaciones de la Comisión Baker, pareció que el presidente estaba dispuesto a oír hablar del repliegue escalonado de sus tropas, del inicio de negociaciones con Irán y Siria y del taparrabos del fortalecimiento de unas "fuerzas de seguridad iraquíes" que en realidad constituyen el eslabón más débil de la ocupación y el blanco más frecuente de la resistencia iraquí autóctona y del terrorismo exportado por Irán y Siria. Pero no: ya al día siguiente Bush estaba repitiendo su mantra de que EE.UU. está ganando, que no tiene fechas para dejar a Irak y que la única condición para hacerlo era la victoria. En esto fue contradicho sin rodeos por su propio, flamante secretario de Defensa, quien en una audiencia del Congreso declaró de plano que Estados Unidos no estaba ganando la guerra, y replicó a quienes -como el senador, héroe de Vietnam y precandidato presidencial republicano John Mc Cain y sectores de la derecha republicana-, pedían el envío de más tropas, diciendo: "No hay más tropas". Y, lo que es más importante: "No hay dinero". Con lo cual se creó otra enredadera de confusiones: si lo que valía era lo que había dicho Bush, ¿para qué lo había echado a Rumsfeld, que decía exactamente lo mismo? Si lo que valía era lo que había dicho Gates, ¿cómo evitar que un retiro, por más escalonado que fuera, terminara siendo visto por todos los terroristas y antiimperialistas del mundo como un triunfo sobre el Gran Satán? Si lo que valía era lo dicho por la Comisión Baker, ¿cómo evitar que Irán y Siria se lanzaran a una guerra por los riquísimos y estratégicos despojos de lo que queda de Irak, del mismo modo que las negociaciones de París fueron sólo el camino diplomáticamente elegante para que el Vietcong se devorara sin piedad a Vietnam del Sur? Y ¿en qué clase de semipartición voluntaria, con distribución equitativa de la renta del petróleo, podrán confiar los sunnitas, carentes del crudo en que abundan los chiítas y kurdos, después de un conflicto que ha dejado más de 100.000 muertos iraquíes? Y si lo cierto es lo que dice McCain, ¿de dónde van a sacar las tropas, el dinero y el tiempo para entrenarlas que requeriría su envío a lo que ya es un país en llamas? Porque, sin olvidar que EE.UU. vive desde hace al menos cinco años de prestado (y de prestado de China, a la que considera su futuro rival estratégico, pero que ha empezado a diversificar sus compras de bonos en dólares en favor de euros, ante lo que parece un déficit norteamericano imparable), el entrenamiento de un soldado para Irak lleva más de un año -cuando todo puede ya haber terminado-, y una cosa era abrumar el país de tropas en 2002, cuando empezó la invasión, que ahora, cuando parece haber empezado el desbande. (La última voltereta en esta charada es el anuncio del presidente Bush de que enviará 20.000 tropas adicionales -se necesitaría alrededor de 10 veces ese número para hacer una diferencia, no se sabe si esas 20.000 no serán usadas para rotar fuerzas actualmente en Irak- y que el compromiso norteamericano en Irak no es "por tiempo indefinido", lo que el temblor en la mano del aspirante a emperador ya debería haber hecho claro para todo el mundo).
Compleja sitaución
Comenzar a desenredar esta madeja requiere un corto viaje al pasado. Rumsfeld, el vicepresidente Dick Cheney y la plétora de neoconservadores de que llenaron en el primer período de Bush Jr. los consejos de asesores del Pentágono han sido ingenuamente descriptos por sus enemigos, tanto los de izquierda como los de derecha, como un turbio conciliábulo de hombres fríos, pesimistas, con una visión oscura y hobbesiana del mundo, donde "el hombre es el lobo del hombre", la única pasión es el miedo y todo se basa en la ley del más fuerte, las relaciones de fuerza y el empleo del conservadorismo más extremo en su modo y contenido de ejercicio del poder. En realidad, nada está más lejos de la verdad. Los nuevos hombres del Pentágono eran revolucionarios, optimistas, idealistas, casi "trotskystas de derecha". Gente que se propone (por más motivos económicos y geopolíticos ulteriores que tuvieran) exportar la democracia occidental a un país árabe sin ninguna experiencia de ella, oprimido primero por el Imperio Otomano, luego por el Británico, finalmente por el torturador y gaseador Saddam Hussein, y cuyas fronteras de "independencia" fueron trazadas con regla y compás por un Foreign Office siempre preocupado por establecer la dictadura económica y militar de la minoría sobre las mayorías, de modo de crear una inestabilidad y un juego de poder intermitantes que lo favorecieran ("Jordania fue una idea que se me ocurrió un día de primavera, a eso de las 5 de la tarde", bromeó una vez Winston Churchill), merece la acusación de ingenuidad, por lo menos. Por eso Rumsfeld tuvo razón contra sus generales en el uso de una fuerza liviana, de 140.000 hombres más o menos, para capturar Bagdad y el resto del país en una blitzkrieg de unas tres semanas; pero por eso mismo sus generales tuvieron razón contra él cuando insistieron que la ocupación del país iba a depender al menos de 500.000 hombres. Rumsfeld rompió toda la estructura de Saddam (incluyendo el imprudente desbande de todo su ejército, cuando lo más seguro hubiera sido cooptar a su mayor parte, para evitar el pase a la resistencia de unos hombres sólo entrenados para pelear y para matar). Pero el resultado fue dejar en su lugar a la anarquía y el caos, lo más lejano que puede imaginarse a una típica opresión colonial. Y fue peor, porque si Rumsfeld, Cheney y los otros imaginaban al "nuevo Irak" como trampolín y cabecera de playa para la desestabilización democrática de las dictaduras vecinas, lo que ocurrió fue lo exactamente opuesto: el vecino Irán chiíta y terrorista empezó a armar y a instruir a sus hermanos chiítas del vecino sur iraquí, y Siria hizo lo propio al avivar la feroz resistencia de los sunnitas del centro del país, que eran los que más tenían que perder de la ocupación. Los pentagonistas aseguraban que los iraquíes recibirían a los norteamericanos tirándoles flores desde las ventanas; en lugar de eso, el primer acto político importante tras la caída de la tiranía saddamista fue la vista de millares de chiítas autoflagelándose ensangrentados en un peregrinaje religioso largamente prohibido por Saddam. Alguien debió haberse percatado de que el desemboque de ese peregrinaje no sería la democracia. (Es cierto que luego se votó libre y masivamente y bajo la amenaza terrorista de Al-Qaida y grupos asociados, pero se lo hizo sobre líneas sectarias; los sunnitas boicotearon la primera votación; luego, al advertir su error, participaron en la segunda, pero sus resultados no excedieron el 20 por ciento de la población que constituyen, y el resto fue un embrollo de negociaciones de división de poderes cada vez más arcanas para el hombre de la calle a medida que los coches bomba se sucedían y la muerte y la violencia se volvían realidad cotidiana en el país).
"América, trabada por la superstición de la democracia, no se resuelve a ser un imperio", decía el Borges más conservador en la década del '70. Estados Unidos tiene poder de fuego, de ataque y de conquista sin rival; no así de permanencia. Esto fue profundizado por, precisamente, la guerra de Vietnam, cuyo desenlace con la construcción de un ejército de voluntarios terminó convirtiendo a este último en poco más que una oficina de reparto de becas universitarias gratuitas, o casi gratuitas, para jóvenes que no podrían pagarlas de otro modo, a cambio de lo que podría calificarse como poco más que trabajo voluntario. La feminización de la sociedad norteamericana y su conversión en una clase única de negociantes y comerciantes después del movimiento de Woodstock, de "paz y amor", de "hagamos el amor y no la guerra" y otras cruciales herencias de los años '60 también tuvieron algo que ver con esto.
Pero la política externa es continuación de la política interna. Después del resplandeciente (y justo, y justificado) triunfo en Afganistán en represalia por la voladura de las Torres Gemelas, Rumsfeld y Bush empezaron a evolucionar en una dirección cada vez más extraña, más anómala. Primero, con la invasión de Irak, país del que todo el mundo sospechaba que tenía armas de destrucción masiva (aunque no se encontraron nunca) pero del que casi todo el mundo también sabía que no había tenido nada que ver con los ataques de Osama bin Laden contra Nueva York y Washington. Pero pronto se vislumbró el verdadero móvil en la idea de "nation building", de construir una nación donde no la había, una noción repelente hasta para el más idealista de los wilsonianos. Es cierto que Alemania y Japón fueron reconstruidas con ayuda norteamericana, pero Alemania y Japón habían sido naciones constituidas y exitosas por muchísimo tiempo antes de su derrota, con homogeneidad cultural, histórica y de valores; Irak era sólo una arenosa colcha de retazos poscoloniales. En ese sentido, siempre hubo un encantador pero irreal parecido a Trotsky en lo de Rumsfeld y los suyos: en la intención voluntarista de quemar las etapas históricas, de acelerarlas artificialmente con su "revolución permanente", de dejar atrás el pasado y promover el futuro, fuera con la democracia, a punta de pistolas o a bombazos de los B-52s.
Conclusión
En otras palabras, la invasión a Irak fue una anomalía, que el cuerpo político norteamericano no demoraría en rechazar, si los resultados no procedían con la velocidad de un pueblo acostumbrado al zapping y al fast-food. Pero el hecho tiene consecuencias geopolíticas serias, que exceden de lejos el rencoroso conventillerismo de la política interna norteamericana: el envalentonamiento de los terroristas y países opuestos a EE.UU. (como Rusia, China, Irán, Corea del Norte, etc.), y el correlativo distanciamiento de los países que EE.UU. podría llegar a considerar sus aliados para guerras futuras. Gran Bretaña (definida por el estratega militar estadounidense Edward Luttwak como "la última nación guerrera de Occidente"), que fue ex potencia colonial en Irak, y cuya zona de ocupación en el sur del país no casualmente resultó la relativamente más tranquila del país, vacilará antes de conceder su apoyo a alguna nueva alianza pedida por su poderoso primo transatlántico. Y sin el "primo británico", que es el aliado más fiel de EE.UU., la estrategia norteamericana en Europa (la vieja o la nueva Europa, según cómo las clasifique ahora Rumsfeld) tambalea. Ya Tony Blair ha vuelto a insistir en el derecho de los palestinos a tener un Estado, y a pedir a Bush que presione a Israel a tal efecto. Ese arabismo es normal, es política tradicional del Foreign Office; lo que no era normal era Tony Blair, porque Tony Blair era otra anomalía.
Pero, por esa lógica paradójica de la estrategia que tanto le gustaba subrayar a Karl von Clausewitz (y, más contemporáneamente, a Edward Luttwak), éste puede no ser el final de esta historia. Negros nubarrones de guerra vuelven a cernirse sobre el Golfo Pérsico, pero esta vez en una dirección diferente: Irán. Una gran concentración de fuerzas aeronavales se está concentrando de frente a la desacreditada teocracia terrorista, con el objetivo presunto de lanzar un ataque preventivo contra las instalaciones nucleares de un país que niega el Holocausto y se ha juramentado a destruir a Israel. El razonamiento de Bush (y de Rumsfeld, cuyo alejamiento del Departamento de Defensa empieza a parecer cada vez más una mascarada) sería: ya que no tenemos nada que perder, ¿por qué no ir a la raíz del asunto? Fuentes de inteligencia consultadas por este periodista sitúan las posibilidades de un ataque preventivo de este tipo (considerando, claro, la dispersión y ocultamiento de los procesos nucleares iraníes) en un "fifty-fifty". Y coinciden en apuntar a una fecha: marzo.
Por último, Japón y Corea del Sur van a tener que empezar a pensar cada vez más seriamente en sus propias defensas y a confiar cada vez menos en un "paraguas nuclear" estadounidense que se ha probado lleno de agujeros. Pero Israel, de cara a un Líbano en nueva preguerra civil donde las facciones prosirias se hacen cada vez más fuertes, sólo puede quedar favorecida por las perscpectivas de un ataque contra su principal enemigo.
* Analista internacional.
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