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Patrullas de ortodoxos imponen su ley en las calles de Israel
Una 'policía' clandestina persigue a los que no acatan sus
dictados morales
ANA CARBAJOSA - Betar Illit - 18/08/2008
Al joven David Biton le partieron la cara la semana pasada. A sus
19 años se atrevió a salir a dar un paseo por su ciudad el viernes por
la noche con unas chicas de su edad, algo intolerable para los
guardianes del recato que atemorizan a los habitantes de Betar Illit,
un asentamiento de Cisjordania en el que viven 40.000 colonos
ultraortodoxos.
A una niña de 14 años le lanzaron ácido a la cara por vestir
pantalones
Hay grupos violentos en todas las ciudades, afirma una de las
víctimas
"No les gusta cuando ven a un chico y a una chica juntos, aunque
sean hermanos, se ponen muy nerviosos", medio balbucea Biton, con la
cara amoratada y un enorme chichón en la frente.
El aspecto de este joven estudiante de hostelería llama la
atención en Betar Illit. Vestido con vaqueros, una camiseta negra y
una kipa en la cabeza desentona en el entorno homogéneo de una ciudad
en la que sólo viven haredis, es decir, judíos ultraortodoxos que
cumplen estrictamente con las normas del "recato" que inmensos
carteles distribuidos por la ciudad se encargan de recordar: falda
larga y camisa de manga larga, sin escote ni transparencias para las
mujeres. Para ellos, pantalón negro, camisa blanca, y sombrero negro o
sólo kipa, en función de la secta a la que pertenezcan. Quien se
desvíe un ápice de esa indumentaria corre el riesgo de tenérselas que
ver con la clandestina policía del recato que tiene atemorizada a buen
parte de esta y otras ciudades de Israel con población ultraortodoxa.
A R. G. el miedo le impide salir de casa, desde que el pasado 6 de
junio un desconocido la abordara en el parque y le lanzara el
contenido de una botella que sólo más tarde descubrió que era ácido.
"Tu cara es demasiado bonita para esta ciudad", le dijo antes de
atacarla. En las fotos de aquel día se puede ver a R. G. en la camilla
del hospital con la cara deformada y los labios muy hinchados. Los
médicos le dijeron que tuvo suerte de que el líquido no tocara los
ojos. El pecado de esta joven de 14 años fue pasear por la ciudad en
pantalones.
Los de estos dos jóvenes de Betar Illit no son casos aislados, en
una comunidad, la haredi, reticente a airear sus trapos sucios, pero
cuya deriva extremista ha animado a unos pocos a hablar. Uno de ellos
es Moshe, un judío ultraortodoxo, que no se atreve a dar su apellido,
y que en los últimos tiempos se ha convertido en blanco preferido de
los ultras por llamar en alto a la moderación. Él también se ha
llevado una paliza en Beit Shemesh, la ciudad de 90.000 habitantes
donde vive. Allí han colgado carteles en la calle amenazándole. "En
casi todas las ciudades israelíes existe esta policía del recato, lo
que varía es la intensidad de la violencia. En algunos sitios atacan y
en otros sólo intimidan. No es un cuerpo oficial, actúan
clandestinamente, pero todos sabemos quienes son".
Explica que en Jerusalén hay un grupo que tira lejía a la ropa de
las mujeres cuando la falda o las mangas de la camisa son demasiado
cortas. Otros se suben a los autobuses para asegurarse de que las
mujeres van bien vestidas y no se mezclan en los asientos con los
hombres. No dudan tampoco en intimidar por ejemplo a quien ose
organizar un concierto u otras actividades de ocio.
Pero la gran pelea tiene que ver con cómo estas comunidades,
tradicionalmente aisladas se adaptan a la modernidad. Constituyen en
torno al 9% de la población israelí, pero el Gobierno calcula que
pueden llegar a ser el 20% en una década por su alta natalidad, y cada
vez les resulta más difícil mantener su modo de vida ajeno al mundo
exterior, con sus ropas, sus comidas y su modo de relacionarse. Lo
explica muy bien otro Haredi de Betar Illit que teme desvelar su
identidad: "El mundo Haredi no sabe muy bien cómo reaccionar. Internet
y los móviles han derribado muros que nunca antes se habían traspasado
en nuestra comunidad, por eso ahora los extremistas tratan de
levantarlos de nuevo. Y por eso algunos rabinos legitiman la
violencia".
En Betar Illit, cuenta, la gente vive atemorizada. Dice que son
gente modesta, incluso cobarde que dedica su vida a la religión y no
se atreve a alzar la voz. Y habla de vínculos organizativos y
financieros entre los matones que velan por la moralidad en Betar
Illit y el Ayuntamiento. El alcalde, Meir Rubenstein, un fornido
ultraortodoxo lo niega. Este hombre de 36 años, que no da la mano a
las mujeres para saludar para no contaminarse, atribuye los casos de
violencia en su ciudad a "peleas entre jóvenes", pero reconoce que
dedican "muchísimo dinero a meter a los jóvenes en vereda". "Les
ponemos a estudiar la Torá o a trabajar hasta que se les pase la edad
del pavo" porque, explica, en Betar Illit, los que no son Haredi no
tienen lugar.
Lo cierto es que las autoridades en Israel rara vez castigan a los
culpables de estas agresiones, muchos de ellos conocidos por todos los
vecinos. "El problema es que cuentan con la connivencia de muchos
vecinos e incluso de algunos rabinos, porque en el fondo creen que
elevan la espiritualidad del grupo", dice Catriel Lev, judío
observante y vecino de Beit Shemesh. Los extremistas lanzan pañales
sucios a la furgoneta del hospital donde la mujer de Lev, los sábados,
día sagrado en el que está prohibido circular salvo emergencias como
las médicas.
El Estado central no se suele inmiscuir en los asuntos de estas
comunidades y la policía sólo en casos muy extremos. Pero si no se
resiste, el radicalismo religioso acabará por colonizar al resto de la
comunidad, temen algunos. "Estamos a mitad de la batalla, no está
todavía claro quién ganará", advierte el ultraortodoxo Moshe.
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