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Publicado por fpaya
a las 16:38
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El patriarca hebreo Jacob, hijo de Isaac y nieto de Abraham, tuvo 12 hijos, cada uno de los cuales fue génesis de una de las 12 tribus en las que se dividió el pueblo de Israel.
Pues, resulta que diez de ellas se encuentran en paradero desconocido
desde hace más de 2.500 años. ¿Dónde están? Hay opiniones para todos
los gustos.
Por si quieres saber un poco más sobre el tema, reproduzco un extracto del libro Enigma, de Juan Antonio Cebrián, Bruno Cardeñosa, Carlos Canales y Jesús Callejo, miembros de la Tertulia de las 4C, que actualmente se reunen todas las madrugadas del domingo al lunes en programa radiofónico La Rosa de los Vientos de Onda Cero, dirigido por Cebrián.
En
1524 un judío llamado David Reubéni se presentó ante el papa Clemente
VII y el rey de Portugal para tratar de convencerles de que su hermano
era el monarca de una de las tribus perdidas de Israel que se hallaba
en Asia. Lo que pretendía era buscar una alianza con los reinos
cristianos y así poder luchar contra los musulmanes. El desdichado pagó
cara su iniciativa: fue quemado en la hoguera por la Inquisición. Fue
uno de los muchos que han asegurado tener la verdad de lo que ocurrió
con las diez tribus de Israel, de las que no se tiene constancia desde
los tiempos bíblicos. Jacob tuvo doce hijos, que con el tiempo se convirtieron en los líderes de otras tantas tribus que
se repartieron por Israel. Diez tribus en el norte (Rubén, Simeón,
Levi, Isacar, Zabulón, Dan, Neftalí, Gad, Aser y José y dos tribus en
el sur del territorio (Judá y Benjamín) que formaba el reino de Judá,
con Jerusalén como capital. Diez de ellas desaparecerían sin dejar
rastro tras la deportación del general asirio Salmansar V en el año 740
a.C. Salmansar invadió Israel y se apoderó de la capital samaria
(durante el reinado de Osaeas). Durante el mandato de su sucesor,
Sargón II, el antiguo reino septentrional se convirtió en provincia
asiria y deportó a la región del norte del Éufrates a veintisiete mil
miembros de la clase alta de Israel. El historiador Flavio Josefo (Antigüedades judías,
tomo IX) relata que en el 722 antes de nuestra era, diez tribus del
norte de Israel fueron llevadas más allá del Gran Río (el Éufrates). Adónde
fueron a parar realmente? Unos pocos datos se encuentran en el II Libro
de los Reyes, donde se refiere que las diez tribus fueron llevadas a
Asiria, a las ciudades de los pueblos medos, en los márgenes del río
Tigris. Estas tribus se olvidan de los estatutos y mandamientos que
Yahvé les dio, y se dedican a las adivinaciones y agüeros. Es un exilio
que dura muchos años, tantos que los cronistas de la Biblia se olvidan
de ellas. Andreas Faber-Kaiser (Jesús vivió y murió en Cachemira,
1976) recoge numerosas leyendas que dicen que Jesús sobrevive a la
crucifixión, sale de Jerusalén y se dirige con su madre, María, y Tomás
a la India buscando las diez tribus perdidas que se creían diseminadas
por las comarcas de Afganistán y Cachemira. Un libro apócrifo (Apocalipsis de Ezra o Esdras II)
escrito en griego hacia el año 100 d.C. cuenta como un ángel revela al
cronista que las diez tribus, tras haber sido trasladada al otro lado
del Éufrates, decidieron emigrar hacia una región “más apartada
donde nunca habitó el género humano y que, al cabo de año y medio de
camino, llegaron a Asrareth, donde fijaron residencia”. En
el siglo X d.C. un tal Eldad Ben Mahli apareció en Kairuan (Túnez)
anunciando que procedía de un reino judío de Etiopía y que allí se
encontraban cuatro de esas tribus. Pero en esta época medieval era
difícil comprobar esta clase de asertos, sin embargo, quedó la leyenda
consoladora de ese “reino oriental”. De vez en cuando estos rumores
eran avivados por viajeros y aventureros. Un viajero judío de origen
español, llamado Benjamín de Tudela, presentó en Alemania un informe
sobre las comunidades judías existentes en el Oriente más próximo, en
Persia y en tierras limítrofes. A raíz de unas cartas que manda un rey cristiano que se hace llamar Preste Juan en el siglo XIII y que habla de un territorio
situado en Oriente capaz de albergar todas las maravillas, muchos
pensaron que en aquel misterioso lugar tenían que estar esas tribus
perdidas. Todas las esperanzas estaban depositadas en
Asia, incluso en los territorios míticos de Shambala y Agartha. Luego
en la desconocida África y, más tarde América. Para el obispo de Landa
los indígenas americanos eran los auténticos descendiente de los
hebreos perdidos. El judío portugués Antonio de Montesinos relató que
se había encontrado en Perú con algunas personas que decían ser
descendientes de la tribu perdida de Rubén. El fraile Diego Durán
tampoco tuvo dudas acerca del origen hebreo de los nativos de la Nueva
España. El asunto era atractivo para los teólogos e incluso para los
lingüistas, pues más de uno vio en algunos de los idiomas de América
una deformación corrompida del hebreo. El lingüista francés Henry
Onnfroy de Thouron defendía que el quechua de los pueblos andinos y el
tupi de los nativos brasileños eran de origen hebreo-fenicio. El
explorador alemán Waldek decía que los toltecas podrían ser los
descendientes de las tribus israelitas. Los mormones,
con Joseph Smith, consideraban a los indios americanos como
descendientes de los judíos emigrados de Jerusalén en la época de
Zequedías, aunque éstos no pertenecieron a las diez tribus de Israel. Lo
más extraño es que alguien quisiera encontrarlas en el interior de la
Tierra Hueca (el capitán J.C. Symmes) y otros en Europa. En 1649 el
británico John Saddler dice que los habitantes de las islas Británicas
eran los legítimos descendientes de esas diez tribus perdidas. Richard
Brothers reconstruyó el itinerario: se convierten en escitas, cruzaron
el Cáucaso, costearon el mar Negro y recalaron en Alemania. Allí se
transformaron en los sajones y adoptaron una nueva lengua. Más tarde se
marcharían hacia las islas Británicas. Otra teoría
planteaba si el pueblo cíngaro no sería una de las tribus perdidas. La
semejanza del éxodo de los dos pueblos les hace pensar que estos
últimos pueden ser una de esas tribus. Seamos
sensatos. El destino final de esas tribus se ha ido diluyendo con el
devenir de los tiempos y con las gentes de los países que han ido
recorriendo. Tal como dice la Biblia, los dispersaron por el norte de
Asiria, mezclándolos con otros pueblos cautivos, mientras servían como
esclavos. Dejar que siguieran existiendo como tribus hubiera sido un
error estratégico y lo más lógico es que se mezclaran con la población
local hasta desaparecer como pueblo.
CEBRIÁN, Juan Antonio, CARDEÑOSA, Bruno, CANALES, Carlos y CALLEJO, Jesús, Enigma. De las pirámides al asesinato de Kennedy, Temas de Hoy, Madrid, 2006.
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